Me ha ocurrido varias veces, me encontraba en horas bajas e intentaba llevar a cabo una huída hacia delante, como salir “demasiado” de copas, escaparme y visitar otra ciudad, refugiarme intensamente en algún hobby, … pero al final es siempre lo mismo, una vez que ese breve periodo de “evasión” finaliza todo es mucho peor, me siento mal, peor que antes de la breve huída, y sin embargo no sé por qué. Únicamente he logrado posponer el problema y ocultarlo del escrutinio de mi yo interior durante algunos días o semanas. Algo falla, mejor dicho, muchas cosas fallan y me gustaría conocer la causa del problema para poder encontrar una solución. Aunque en otras ocasiones, lo que realmente hago, mi forma de huir consiste precisamente en no pensar y simplemente seguir hacia adelante.
Este post viene motivado por un breve viaje que hice el fin de semana pasado, y que me ha hecho pensar bastante. He visitado una ciudad en la que no había estado antes, y he pasado parte del tiempo con una amiga que, por diversos motivos, atraviesa una verdadera encrucijada en su vida. Lo mejor del viaje fue el disfrutar de su compañía y poder hablar de un montón de cosas con tranquilidad. No llegamos a compartir la cama (tampoco habría estado mal), pero los dos hablamos y nos escuchamos. Supongo que eso fue realmente lo mejor del viaje, pasar un tiempo con alguien que te comprenda y te haga las preguntas adecuadas que te hagan abrir la mente a otros puntos de vista. Si uno está sólo, por mucho tiempo que dedique a pensar en algo, al final su línea de pensamiento queda atrapada en un círculo y sin generar ideas nuevas. Sin embargo, si yo puedo explicar mi situación a alguien y esa persona lo comprende, entonces estará en disposición de hacerme las “preguntas adecuadas”. Ahora que lo pienso, cuando alguien trata de ayudarte a buscar un nuevo punto de vista, puede hacerlo diciéndote el “cómo son las cosas” según su punto de vista y aportando nuevos datos, o bien preguntándote las cosas adecuadas para que seas tú el que se vea obligado a resolver el problema, pero esta vez desde un punto de partida diferente.
La vuelta a la vida cotidiana tras el fin de semana no ha sido fácil, mi estado de ánimo ha sufrido un bajón importante. Supongo que al volver me he reencontrado con mis demonios interiores, que había dejado en casa y que estaban aquí esperándome, pero además me he dado cuenta de que echo de menos el que alguien me pregunte ¿cómo estás?. Mi demonio interior de la soledad y de la falta de comunicación ha estado cogiendo fuerzas y ha golpeado con dureza a mi regreso.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados